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Seguramente usted ha escuchado la frase: “Me trata como a un perro”, ¿Qué debemos entender con esto? ¿Qué tratan a la persona en cuestión de la peor manera? ¿Qué no le hacen caso? Porque evidentemente se trata de una expresión peyorativa y tristemente ese es el tratamiento que dan algunas personas a sus perros.

Hace mucho tiempo se consideraba que el perro era “algo” que no pensaba, no sentía y era poco menos que un bulto pero afortunadamente esa idea se ha modificado en muchas personas. Ahora ya entienden que el perro es capaz de sufrir, de aprender, de querer, sin embargo, le siguen dando un trato en el que olvidan que tiene etapas de desarrollo, un proceso de maduración, de envejecimiento, las enfermedades que pueda tener, incluso sus requerimientos afectivos, porque créalo o no… también los tienen.

Estoy segura de que mucha gente trata a su perro con golpes o amarrándolos no porque sean malos, sino porque CREEN que esa es la forma correcta de tratar a un animal, así lo aprendieron cuando eran pequeños y es una forma de conducta. Pero pueden darse la oportunidad de descubrir que hay otras maneras, mucho más efectivas, de relacionarse con su perro. El perro tiene un pensamiento lógico directo: si hace algo y lo premian, tratará de repetirlo y por el contrario si hace algo y es corregido, sabrá que no debe volverlo a hacer, pero al decir corregirlo, no pienso en malos tratos o golpes, sino en que nuestra actitud le haga ver que no debe repetirlo (no hay caricias, se le corrige por el collar, se le enfrenta uno al perro con actitud de autoridad, etc.) Sí, es cierto que hay perros más tercos que otros y esto puede ir en función de la raza, de la edad del perro y otros factores, pero le debemos dejar claro, siempre, el mismo mensaje a la mascota, ya que si a veces corregimos y otras permitimos, no estaremos creando hábitos firmes.

Ahora permítame hablarle del otro lado de la moneda: de ese perro que llegó a la casa y se adueñó de la situación. No respeta a nadie, se siente con la posibilidad de gruñir, de retar e incluso de morder a cualquier miembro de la familia, el trato fue tan suave, tan condescendiente que el perro llegó rápidamente a la conclusión, de que ahí el que gobernaba era él. Todo lo que hay en la casa, le pertenece, todo es su territorio.

No son pocas las personas que solicitan una consulta etológica porque “ya no pueden con el perro”, incluso han tenido que dejar de recibir visitas en su casa, porque el perro no les permite que entre nadie, ya sea que los agreda o bien, se pone tan necio (ladra continuamente, salta sobre las personas, roba lo que está en la mesa para comer, etc.) que terminan por tener que encerrarlo y entonces se dedica a ladrar más frenéticamente o a rascar la puerta hasta deteriorarla. Los dueños acaban por no invitar a nadie a casa.

Podría relatarles cualquier cantidad de casos, platicados por los dueños, sobre actitudes que tienen sus perros y que son un verdadero conflicto en la familia. Había un perro que se apropiaba de la cama y si el dueño quería acostarse, le gruñía con tal seguridad, que el propietario tenía que acabar durmiendo toda la noche, en un sofá. Otra persona que tenía su oficina en un cuarto de su casa, pero el perro se ponía tan impertinente con las personas, que terminó por citar a sus clientes en el restaurante más cercano a su domicilio, y como estos, podemos contar muchos más, pero la idea es que no se está estableciendo una relación de orden con nuestros perros.

Otra forma de tener una relación equivocada con nuestra mascota, es cuando los humanizamos, les empezamos a atribuir características de personas, entiendo que es muy común que se llegue a tener tal relación afectiva con ellos que sean, muchas veces, más queridos que los propios familiares, pero no es conveniente pensar en que son como niños pequeños o personas. Si nosotros manejamos ese concepto los estamos tratando de una manera a la que el perro no puede responder adecuadamente. Se empezarán a crear conflictos en la comunicación entre dueño y perro.

Me gustaría mucho que cuando vamos a adquirir un perro, entendiéramos la importancia que tiene esa decisión. Estamos, de manera consciente, adoptando, poniendo bajo nuestra custodia a un ser vivo, que va a depender de nosotros siempre. Por supuesto que ha cambio obtendremos una serie de beneficios: compañía, protección, quien participe de los juegos de nuestros hijos, etc. pero nosotros ¿qué vamos a dar a cambio?. Creo que sería bueno que ese ser que invitamos a nuestra casa, tenga la seguridad de que va a ser cuidado, protegido, alimentado por nosotros, que no le abandonaremos cuando se enferme o envejezca.

Pero por otro lado, debe saber que hay alguien a quien respetar, que él tiene su lugar asegurado pero que no competirá por ir escalando peldaños en la jerarquía familiar. Créame, no lo vamos a hacer sufrir, el necesita saber que vive en un grupo social donde el tiene un puesto determinado.

Durante toda la vida del perro, le daremos un trato adecuado, habrá límites pero no habrá crueldad, habrá orden pero no habrá injusticia. Si usted, desde que recibe a su perro, define bien lo que se permite y lo que no, se presenta ante él como un jefe al que se le sigue por su autoridad y no por su fuerza para castigar, estaremos preparando el terreno fértil para una convivencia armónica, donde los dos, perro y dueño, disfruten cada día juntos.

 

Continuará.......

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